Cuando estás cansado de tener que demostrar que puedes
Vivir con una discapacidad puede llevarnos a sentir que tenemos que demostrar constantemente nuestro valor, como si no bastara con ser quienes somos. En este artículo reflexionamos sobre el dolor de sentirnos juzgados, la dificultad de pedir ayuda y la posibilidad de aprender a tratarnos con más comprensión, sin tener que demostrar que podemos con todo para merecer amor y respeto.

Una vivencia que a menudo nos pasa a los que usamos muletas es la siguiente: Estás andando tranquilamente, apoyas mal o hay hojas caídas o el suelo está mojado... Y te caes. Y en ese momento, una o varias personas se te acercan. Algunas personas te preguntan si necesitas ayuda. Otras directamente lo asumen y automáticamente te agarran, a veces provocándote dolor en el proceso. Y esto se puede extrapolar a otras discapacidades, como cuando te empujan sin pedir permiso cuando llevas una silla de ruedas manual.
Esto hace que podamos dar una respuesta casi automática. "Yo puedo". Y esto a su vez hace que a veces nos pasemos de frenada y, en situaciones que nos resultan genuinamente complicadas, la negativa a pedir ayuda se convierte casi en una cuestión de orgullo porque en caso de no poder se vive casi como una derrota, y eso duele. Y es comprensible. Queremos conservar nuestra autonomía, decidir qué necesitamos y evitar que otros hagan por nosotros cosas que podemos hacer por nuestra cuenta.
Por el contrario, a veces, paradójicamente, se genera la respuesta contraria en nosotros. "¿Para qué iban a querer estar conmigo si pueden estar con gente con quien es más fácil quedar/ser pareja?". Y ante esto podemos intentar "compensar" a la otra persona intentando aportar más, de forma que "compense" nuestra discapacidad, siendo más atentos, dando más, estando siempre disponibles o intentando no necesitar demasiado. "No molestar". Como si simplemente siendo nosotros mismos no fuésemos suficientes y nuestras necesidades fuesen secundarias. Porque en el fondo, podemos sentir y creer que esto es lo que se necesita para merecer que se nos quiera.
Igual en el trabajo, en la vida diaria, cuando intentamos independizarnos... Tenemos que demostrar que somos útiles. Capaces. Como si todo fuera un examen. Porque somos muy conscientes de que una silla, unas muletas o un andador nos hace más visibles. Y, cuando hemos vivido suficientes situaciones en las que nos han subestimado, cuestionado o tratado como si fuéramos menos capaces, podemos acabar anticipando esa mirada incluso antes de que aparezca. Como un examen constante. Y eso resulta agotador.
Tanto que a veces nos hartamos. Tantas decepciones, sensaciones de ser juzgados y barreras pueden hacer que nos aislemos de la sociedad e incluso que sintamos resentimiento hacia ella porque ni nos sentimos genuinamente vistos ni entendidos y acabamos teniendo miedo de volver a sufrir daño u otra decepción.
Para empezar a salir de esta dinámica a menudo no se trata de dejar de prestar atención a lo que ocurre a nuestro alrededor, ni de convencernos de que todo depende de nuestra actitud. Las barreras existen y el trato que recibimos puede hacernos daño. Existe una discriminación y un paternalismo real en tanto en cuanto se nos trata de forma diferente. Y no tenemos por qué resignarnos a ello. Tenemos derecho a quejarnos, a poner límites y a exigir que se nos trate con respeto como los adultos que somos.
Pero se trata, también, de empezar a mirar hacia dentro y preguntarnos cuánto de nuestro valor hemos aprendido a medir a través de lo que los demás esperan de nosotros. ¿Qué necesito realmente? ¿Cuándo quiero hacer algo por mi cuenta y cuándo me vendría bien recibir ayuda? ¿Qué me duele de sentir que no llego? ¿Por qué me cuesta tanto permitirme no poder con todo?
No es sencillo. Asumir este proceso puede llevar meses o años, cada cual al ritmo que necesita, y cada persona lo vive diferente y encuentra una respuesta diferente según sus valores, historia y circunstancias.
La terapia puede ayudar a comprender de dónde viene esta necesidad de demostrar constantemente que podemos, a procesar las experiencias que nos han hecho sentir menos valiosos y a construir una relación con nosotros mismos en la que pedir ayuda no sea sinónimo de fracasar.
Eso no significa que el camino vaya a ser fácil ni que el dolor desaparezca por completo. Tampoco significa que tengamos que aprender a soportarlo todo mejor. A veces, parte del cambio consiste en dejar de exigirnos tanto y empezar a reconocer qué necesitamos.
No tienes que demostrar constantemente que puedes con todo para merecer respeto, amor y un lugar en el mundo. Y no tienes que recorrer este camino a solas.