Cuando la vergüenza duele
A veces, una experiencia aparentemente pequeña puede despertar una vergüenza mucho más profunda de lo que esperamos. Descubre cómo las experiencias acumuladas de rechazo, humillación e inseguridad pueden dejar una herida de vergüenza y cómo la terapia puede ayudarte a afrontarla.

Un día normal, alguien de tu familia, cansado de que no pares de distraerte y de meterte en líos, te dice "¿Por qué no podrás ser tranquila/o como tu hermana?" Te molesta. Escuece. Sientes envidia por un tiempo. Pero se te pasa.
Un tiempo más tarde, estás en el recreo, jugando al fútbol. Tienes 7 años. Perdéis el partido por un fallo tuyo y recibes un empujón y algún insulto de niños. Escuece, pero se te olvida relativamente pronto.
Pasa el tiempo. A un compañero le gusta provocarte y ver cómo reaccionas, así que te lanza trozos de goma en la nuca para que reacciones. De nuevo, escuece. Te molesta y cabrea. Te sientes humillada/o, pero nada que se quede mucho tiempo.
Avanzan los meses y años. Lo del partido de fútbol sucede ya varias veces. Decides que no es lo tuyo y lo dejas. Lo intentas de nuevo con otras personas a las que les gustan otras cosas. Te miran raro. Te sientes incómoda/o. Decides alejarte.
Años más tarde, llega Año Nuevo. Tu primo, con copas de más, te vomita encima. Tu familia se ríe y hacen bromas. Tú quieres desaparecer. Te cambias de ropa. A la hora ya te sientes mejor aunque no te gustan mucho las bromas que siguen haciendo.
Más tiempo. A estas alturas, te cuesta acercarte a las personas. Ya lo has intentado antes y ha salido con resultados variables, lo que te deja mal. No puedes evitar centrarte en lo negativo, por más que te insten desde tu familia a pensar en positivo. Los abusones te han empezado a ver como una víctima fácil, así que, igual que el chico de la goma, te hacen reaccionar, pero ahora de una forma ligeramente más humillante. Tus padres y los profesores consiguen ponerle freno más o menos. Intentas olvidarlo, pero algo se ha quedado clavado.
Empiezas a encerrarte cada vez más en ti misma/o. Tienes pocos amigos. Te cuesta confiar en los demás. Pierdes la confianza en ti misma/o. En las relaciones de pareja y al intentar ligar, te sientes torpe e insegura/o. Te machacas mucho por cada fallo y en general tienes poco o ningún éxito.
En los exámenes, empiezas a fallar y pierdes un poco más la confianza en ti. Los profesores no entienden qué te pasa. Intentan ayudar pero no saben cómo. Al final el ir al instituto se te hace difícil.
Llega la universidad. La cosa mejora mucho. Consigues amigas/os. Sales. Los exámenes te siguen dando ansiedad, pero consigues ir pasando. La vida parece que te sonríe ahora. Pero por algún motivo, cada vez que te sucede algo humillante, sientes que te rompes. Aunque racionalmente pienses que lo que te pasa es una tontería. "No debería de pasarme", piensas. "Pero si ya estoy bien." Intentas distraerte. Mañana será otro día. Pero no lo es. Las cosas humillantes, por leves que sean, te machacan, por más que intentas que no sea así.
Lo que acabo de describir puede entenderse desde diferentes conceptos psicológicos. Aquí quiero detenerme especialmente en uno: lo que en psicoterapia podemos llamar una herida de vergüenza.
Herida de vergüenza porque detrás de cada experiencia, de cada pequeña herida, hay un mensaje parecido. "No vales." "Eres rara/o." "Mereces que se burlen de ti." "Tienes la piel muy fina." "Cada vez que lo intentas, la cagas." "Mejor ni lo intentes." Y, poco a poco, esos mensajes pueden empezar a formar parte de la manera en que te ves a ti misma/o: "Estoy expuesta/o." "Soy vulnerable." "Estoy en peligro." "Todos ven lo ridícula/o que soy." "Hay algo malo en mí." Todos los mensajes y experiencias están conectados por una misma emoción: vergüenza. Hasta el punto de que, para ti, la vergüenza se siente muchísimo más fuerte que antes. Situaciones que para otras personas podrían resultar incómodas pueden despertar en ti una reacción mucho más intensa.
Para ti cada experiencia no es solo esa experiencia. Cada experiencia activa otras que ya has vivido de forma similar.
En terapia, esta herida puede trabajarse con paciencia y a tu ritmo. No se trata de obligarte a revivir una y otra vez aquello que te hizo daño, ni de convencerte de que «no fue para tanto». Se trata de poder acercarte poco a poco a esas experiencias, comprender cómo han influido en la forma en que te ves a ti misma/o y procesarlas con los recursos y la seguridad que puedas necesitar. Porque hoy tienes recursos que entonces quizá no tenías. Y puede que algunos de ellos simplemente no hayas podido utilizarlos todavía frente a estas heridas.
Con el tiempo, la vergüenza puede dejar de sentirse como una amenaza insoportable. No porque lo ocurrido desaparezca, sino porque puedes empezar a relacionarte contigo misma/o de una forma diferente cuando esa vieja herida vuelva a activarse.